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El síndrome de Cupido: amores fugaces, redes sociales y la repetición de un mismo vínculo

  • Foto del escritor: Miguel Ledhesma
    Miguel Ledhesma
  • 23 ene
  • 2 Min. de lectura

En tiempos donde la vida afectiva se narra en tiempo real, comienza a tomar forma un concepto que algunos especialistas, comunicadores y observadores de la cultura digital empiezan a llamar síndrome de Cupido. No se trata de una etiqueta cerrada ni de una definición única, sino de un fenómeno relacional cada vez más visible: personas que enlazan relaciones sentimentales de manera consecutiva, las exhiben intensamente en redes sociales y, al finalizar, borran todo rastro de la pareja anterior como si nunca hubiera existido.


El patrón suele ser reconocible. Cada nueva relación se presenta como definitiva, extraordinaria, distinta a todas las anteriores. Las imágenes aparecen rápido, las declaraciones públicas abundan y el vínculo ocupa un lugar central en la identidad digital de la persona. El amor no solo se vive, también se comunica, se valida y se confirma a través de la mirada ajena.


Cuando la relación se rompe, el proceso es igual de contundente pero inverso. Las fotos desaparecen, las publicaciones se eliminan y el pasado afectivo se esfuma del relato público. No hay transición visible entre un vínculo y otro. Poco tiempo después, una nueva pareja ocupa ese espacio, y el ciclo vuelve a empezar con la misma intensidad inicial y un nuevo discurso de eternidad.


Quienes observan este comportamiento señalan que el síndrome de Cupido no habla de una incapacidad para vincularse, sino de una forma específica de hacerlo. El vínculo funciona como regulador emocional, como fuente de seguridad, pertenencia y autoestima. La pareja no es solo un otro significativo, sino un sostén identitario. Estar en relación confirma la propia valía; estar solo genera incomodidad o vacío.


Las redes sociales cumplen un rol central en esta dinámica. Likes, comentarios y visualizaciones actúan como refuerzos constantes. El amor se vuelve performativo: necesita ser mostrado para sentirse real. Cuando deja de cumplir esa función, se reemplaza rápidamente por otro vínculo que reactive la misma narrativa.


Desde una lectura más amplia, el síndrome de Cupido refleja una relación particular con el tiempo y con el deseo. Se privilegia el comienzo por sobre la continuidad, la promesa por sobre el proceso, la intensidad por sobre la profundidad. El conflicto, el desgaste y la transformación, elementos propios de los vínculos duraderos, quedan desplazados por la necesidad de volver a sentir el impacto inicial.


El nombre no es casual. Cupido, en la mitología, no representa el amor construido, sino la flecha que hiere de improviso, el flechazo, el instante que desordena. En este sentido, el síndrome que lleva su nombre parece describir a quienes quedan atrapados en ese momento inaugural, buscando una y otra vez el disparo, pero evitando lo que viene después.


Más que una moda o una conducta aislada, el síndrome de Cupido comienza a perfilarse como un síntoma de época. En una cultura que premia la visibilidad, la novedad y la validación inmediata, amar se vuelve también una forma de mostrarse. El desafío, quizá, sea aprender a sostener lo que no siempre es fotografiable: los procesos, las pausas y las historias que no se borran cuando terminan.


Miguel Ledhesma



 
 
 

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